Kung Fu: Cando la mente vence a la espada. Parte I de II

En la antigua China se decía que la batalla se decidía en la mente incluso antes de que comenzase. No se trataba de una secuencia temporal —primero en la mente, luego en el cuerpo—, sino de una idea mucho más radical: quien dominaba psicológicamente al atacante, vencía. Algo similar ocurría con los antiguos soldados cuando se decía que aquellos que iban a la batalla con miedo a caer en combate, generalmente caían.
Siempre supe que aquella frase no era un simple aforismo. Sabía que escondía un significado real y amplio. Sin embargo, tardé años en comprender plenamente lo que quería decir. El factor decisivo del arte marcial es el psicológico. Es el hecho concreto de que si un rival te intimida y rompe tu confianza, ya te ha derrotado. Pero si eres tú quien impone esa fuerza psicológica, la victoria está asegurada.
La técnica perfecta es una capacidad incompleta
El armero más experto podría forjar el sable definitivo: equilibrado, ligero, con un grado perfecto de flexibilidad, tan afilado como para cortar un pétalo de rosa suspendido en el aire, sin embargo podría ser un completo inepto en su uso. Con esto, quiero decir que la técnica es tan solo una manifestación física de la persona. Podemos aprender la técnica por separado, entendiéndola, perfeccionándola, asimilándola, pero, ¿qué ocurre con el yo, con la persona, con el individuo?
Pretendo mostrar, usando el lenguaje de Erich Fromm, la dicotomía entre Tener y Ser, porque tal vez deberíamos priorizar menos qué botón apretar o qué palanca mover, frente al ente pensante y viviente que los acciona. Sirva esto también como crítica al sistema educativo imperante, centrado en la materia, en el currículo, en los contenidos, en detrimento del desarrollo integral del individuo. ¿Tal vez sería más positivo y eficiente modular una armonía entre materia, método de estudio y el cultivo de la persona?
Esta reflexión la encontramos también en la interacción con el mundo. Si entendemos el arte marcial como una ciencia de la defensa personal, la eficiencia se define como competencia en la acción de protección. Y aquí la clave reside precisamente en cuestiones psicológicas y no tanto mecánicas o físicas.
La respuesta de estrés agudo
Ante una situación crítica, en la que somos atacados o en la que observamos que alguien es agredido, nuestro cerebro entra en máxima alerta, activando una respuesta fisiológica de estrés agudo. El sistema nervioso simpático se prepara para huir, luchar o paralizarse. La reacción instintiva adecuada difiere en función del peligro. Por ejemplo, ante un depredador como un tigre o un oso, la reacción instintiva apropiada es la parálisis, pero al cruzar un puente colgante a punto de romperse, deberíamos reaccionar huyendo.
Sin embargo, la reacción instintiva es una fuerza no razonada y superior a nuestra voluntad consciente, no siendo algo fácil de controlar. Por eso, en la técnica, en la dimensión mecánica del arte marcial, podemos alcanzar un nivel de destreza muy elevado a base de esmero constante. Con todo, el trabajo de la mente, de la psique, es mucho más difícil de ejercitar.
¿Cómo vas a reaccionar si de repente alguien, completamente poseído por la furia, va a por ti para golpearte? En el supuesto de encontrarte en una parada de autobús con alguien que intenta robarte la cartera o agredirte, ¿intentas defenderte, o es mejor colaborar? ¿Deberías intentar huir? ¿Puede que saque una navaja? ¿Cómo evalúas el grado de riesgo en cada situación?
Sin lugar a dudas, las técnicas comprobadas y contrastadas, correctamente ejecutadas, funcionan. Pero, ¿funcionarás tú? Cuando en situación de emergencia alguien, por su estado emocional exaltado, nos intimida, ya hemos perdido antes de que nos dé el primer golpe. Ya hemos caído antes de tocar el suelo. Pero también al revés: si proyectamos un sentimiento de firmeza absoluta, como un lobo que nos advierte de no pasar a su territorio, ya hemos ganado la guerra sin tener que librar la batalla, en sintonía con aquello que decía Sun Tzu en El arte de la guerra: la mejor victoria es aquella que se alcanza sin combatir.
La crítica de Bruce Lee y el problema del dogma
Bruce Lee denunciaba el error —extendido durante generaciones— de intentar formular una respuesta técnica para cada posible ataque. La realidad de un enfrentamiento es infinita; pretender catalogarla es tan absurdo como querer que el agua congelada se comporte como un fluido. El problema no es la técnica en sí, sino su cristalización dogmática.
Lee proponía trascender el método: la técnica es útil, pero solo si permanece abierta, plástica y adaptable. Aunque Lee lo comprendía como una necesidad de trascender todo sistema, buscando la forma sin forma, yo defiendo que la identidad propia de un sistema de Kung Fu, por ejemplo, no es incompatible con la comprensión y estudio de la defensa personal en un contexto en el que la realidad pugilística es impredecible y amorfa. La cuestión es el modo en que estudiamos y cultivamos el arte marcial, sin tener que desprendernos de la identidad de cada arte marcial. Tal y como decía Miyamoto Musashi, las artes marciales deben ser practicadas de tal manera que sean útiles en cualquier situación y circunstancia.
Con todo esto, a donde deseo llegar es al hecho de que la doctrina marcial se obsesiona con las formas, en lo que llamamos Taolu (chino), Poomsae (coreano) o Kata (japonés). Incluso en los grupos infantiles, este exceso desmoraliza y quema la motivación de los niños, sometidos a una memorización constante de combinaciones prefijadas, sin entender su descodificación.
Estamos desnaturalizando su instinto pugilístico natural, en un intento artificial de domesticar el caos, entendiendo por caos la realidad espontánea del combate. Que no se me entienda mal: los Taolu, Poomsae o Katas son libros inmateriales que codifican técnica y conocimientos, son un instrumento imprescindible. Pero en el transcurso de las últimas generaciones de transmisión, hemos caído en su exceso, en detrimento del sparring, del combate de estudio, del entrenamiento de acciones reflejas, del control de la distancia y, lo más importante, de la gestión de las emociones.