Julio Díaz, expresidente de ANPE: "Cada vez hay menos personas que defienden la enseñanza pública, centradas en el interés político y personal"

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Julio Díaz Escolante, presidente de la Asociación Nacional de Profesionales de la Enseñanza (ANPE) de Galicia durante 19 años, se jubila tras 32 años de sindicalismo educativo
JULIO-ANPE
6 Sep 2026

Jessica Fernández

Tras tantos años dedicados a la Educación, ¿recuerda cómo comenzó?

Tuve claro desde muy joven que quería dedicarme a la docencia. Empecé Magisterio y ya en el segundo curso, con 19 años, impartía clases particulares y tenía varios grupos de alumnos. Ese interés por enseñar se trasladó también al ámbito del asociacionismo y de la representación educativa. En el año 1994 asumí el compromiso de participar en una organización sindical y, desde entonces hasta hoy, llevo 32 años vinculado al sindicalismo educativo. Además, desde 2007 ejercí como presidente. Durante ese tiempo conté con una liberación sindical para desarrollar mi trabajo, aunque de liberado no tiene nada, porque la dedicación y la carga de trabajo son muy intensas. Si tengo algún arrepentimiento, es únicamente no haber regresado a la docencia activa en estos últimos cuatro o cinco años. Tenía una plaza de Pedagogía Terapéutica en el Centro de Educación Especial de Lugo y los niños son enormemente agradecidos.

¿Cómo valora la evolución de la educación en estos años?

La evolución de la educación fue muy importante desde que comencé hasta la actualidad. El profesorado está cada vez mejor formado y, tengo que decirlo con todo el orgullo del mundo, contamos con uno de los colectivos docentes más preparados de todo el Estado. Así lo reflejan informes como PISA y el prestigio que el profesorado gallego tiene a nivel estatal. Eso es, sin duda, una gran satisfacción. En los centros educativos también cambió mucho la realidad. La relación con las familias es totalmente distinta a la de hace veinte años. Los padres y madres están mucho más implicados en la educación de sus hijos, algo positivo en términos generales. Sin embargo, a veces esa implicación se extralimita y se convierte en un control excesivo sobre el profesorado. Hay que entender que los profesionales de la educación somos nosotros y que sabemos perfectamente el trabajo que tenemos delante. Ese es uno de los grandes cambios de las últimas décadas: las familias tienen cada vez más presencia en el ámbito educativo, pero también debería existir un límite. Es fundamental mantener una buena relación entre familias y docentes, pero sin olvidar el papel que corresponde a cada uno. Al mismo tiempo, la sociedad también cambió mucho. En numerosas ocasiones vemos cómo los problemas que existen en los hogares acaban trasladándose a los centros educativos. Yo creo que se fue perdiendo parte de la función de los padres y madres como referentes de autoridad y educación de sus hijos. Tu hijo no es tu colega. Hay que mantener unas normas y una disciplina en casa, y esos valores también deben trasladarse a la escuela. Nunca se debería desautorizar a un docente y menos aún delante de un niño. Por desgracia, esa situación está produciéndose cada vez con más frecuencia. Por lo tanto, hubo avances muy importantes en el ámbito educativo, pero también existe una creciente presión por parte de las familias sobre el profesorado a la hora de ejercer su profesión. De hecho, muchos docentes llegan a la jubilación cansados de la situación que tienen que afrontar en numerosas ocasiones en los centros educativos debido a esa presión constante.

Estas problemáticas tienen su base en el sistema educativo, ¿no?

Las leyes educativas actuales son menos rigurosas y considero que no se puede estar cambiando constantemente de modelo educativo. Además, echo en falta una mayor cultura del esfuerzo dentro de los centros. Muchas veces no se transmite al alumnado que conseguir las cosas requiere trabajo y dedicación. Un estudiante ve que un compañero promociona de curso prácticamente sin esfuerzo y con varias materias suspensas, y eso acaba deteriorando el sistema. Tiene que existir un mínimo de rigor y unos requisitos básicos. La gente debe entender que las cosas cuestan y que para conseguirlas hay que trabajar. Cuando un niño se incorpora a la vida adulta descubre que la realidad no es tan sencilla ni tan cómoda como a veces se le transmite. Las familias también tienen un papel importante. Los niños no son de cristal. Tienen que afrontar decepciones, superar dificultades y aprender a resolver problemas. Hoy parece que se intenta evitar cualquier contrariedad, y yo creo que eso es de las peores cosas que le pueden pasar a un niño. Hay que enseñarles que las cosas requieren esfuerzo, que existe la responsabilidad, la puntualidad y la disciplina en el trabajo.

En relación con los exámenes de septiembre, su desaparición responde a varios factores. Antiguamente, cuando un alumno dejaba materias pendientes para septiembre, muchas familias hacían un esfuerzo importante, reducían las vacaciones o buscaban apoyo educativo para preparar esas pruebas. Había estudiantes que llegaban a recuperar cinco o seis materias. Con el paso del tiempo esa situación fue cambiando. En muchos casos los alumnos llegaban a septiembre sin haber repasado prácticamente nada durante el verano y con menos preparación de la que tenían en junio. Por eso se optó por reforzar los procesos de recuperación al final del curso, cuando los contenidos todavía están recientes y existe una mayor posibilidad de que el alumnado pueda superar las materias con un esfuerzo adicional.

Lo que más me duele de la evolución de la educación es que, a mi juicio, ya no se le concede a la formación de los niños la importancia que tenía hace quince o veinte años. Y eso ocurre a pesar de que hoy las familias tienen más preparación, más recursos y los centros educativos disponen de muchos más medios de los que existían en otras épocas.

También se enfrenta el profesorado a una problemática complicada, el acoso en las aulas y en las redes sociales.

Sí. Antes, si había acoso a un niño en un centro educativo, en la mayoría de los casos la situación terminaba cuando salía del aula y abandonaba el centro. Tenía cierto respiro hasta el día siguiente, cuando el problema podía repetirse. Hoy la situación es mucho más compleja. Creo que los docentes tenemos que tener muchísimo cuidado con estas cuestiones y contar con una preparación mucho mayor en todo lo relacionado con el acoso entre el alumnado. No hay nada peor que un niño se levante cada mañana y vaya al centro educativo con miedo y presión. Eso acaba minando incluso las personalidades más fuertes.

El papel de las redes sociales complica todavía más el problema, porque el acoso ya no queda dentro del aula. El alumno se marcha para casa, pero la presión continúa durante todo el día a través del móvil y de las plataformas digitales. Por eso, considero que el profesorado debería recibir una formación muy específica tanto en materia de acoso escolar como en el ámbito de las nuevas tecnologías. Con la llegada de la inteligencia artificial también será necesario contar con una preparación avanzada para poder trabajar y convivir con estas herramientas. Si el profesorado no está formado y el alumnado sí, se crea una brecha digital entre ambos. Y eso es de las peores cosas que pueden ocurrir en el sistema educativo, porque los docentes no pueden quedar desconectados de una realidad tecnológica que ya forma parte de la vida diaria de los estudiantes.

Otro de los desafíos del profesorado actualmente es la diversidad y la migración.

Tenemos que asumir que la diversidad ya está presente en nuestras aulas y que va a ir a más. Las poblaciones ya no son fijas, son cada vez más dinámicas, y los movimientos migratorios forman parte de esa nueva realidad que el sistema educativo debe afrontar. Para responder a esa situación hay una cuestión básica: no puedes enseñar nada a un niño si no te entiende.

En el debate sobre el gallego en las aulas, nosotros tenemos una postura muy clara. Lo primero que debe hacer un docente es comunicarse con el alumnado en una lengua que comprenda. Si un niño es castellanohablante, inicialmente hay que hablarle en castellano para que entienda lo que se le está explicando y, poco a poco, introducirlo en el gallego. Y al revés, si es gallegohablante, hay que hablarle en gallego e ir incorporando progresivamente el castellano.

Nuestro objetivo es que, al terminar la enseñanza obligatoria, el alumnado domine por igual las tres lenguas: gallego, castellano e inglés. En el caso del alumnado extranjero, muchas veces será necesario contar con más recursos. Puede hacer falta un segundo docente dentro del aula para ayudar a aquellos alumnos que todavía no comprenden el idioma, explicándoles los contenidos en la medida de lo posible y facilitando su integración académica. También habrá que organizar grupos de apoyo, refuerzos específicos o atención individualizada para favorecer el aprendizaje de la lengua y su adaptación al sistema educativo.

Todas estas cuestiones siguen, en gran medida, sin abordarse de forma suficiente. Galicia no es, por el momento, una de las comunidades con mayor presencia de inmigración en los centros educativos, pero esa realidad irá creciendo. Cada vez existe más diversidad en las aulas y es positivo anticiparse a esa situación, aprendiendo de la experiencia de otras comunidades autónomas que ya llevan años afrontando estos desafíos.

¿Consideran que desde la Consellería de Educación se está haciendo un buen trabajo?

La Administración educativa tiene que ponerse las pilas porque, en muchas ocasiones, tenemos la sensación de que quedamos descolgados en cuestiones fundamentales. Llevo muchos años negociando con la Consellería, discutiendo con los ocho conselleiros que pasaron durante estos años, y creo que es necesario hacer una apuesta mucho más decidida por la atención a la diversidad.

Las aulas de hoy no tienen nada que ver con las de hace treinta años. Son espacios mucho más diversos, con alumnado de diferentes procedencias, con necesidades educativas específicas y con realidades lingüísticas muy distintas, y considero que esta situación no se está abordando con la profundidad que requiere.

En este contexto, la reducción de las ratios es fundamental. Con grupos numerosos y con una diversidad cada vez mayor resulta muy difícil ofrecer una atención adecuada a todo el alumnado. Además, tenemos por delante otro reto importante, que es la coeducación y la atención personalizada. Hay situaciones en las que un solo docente en el aula no es suficiente y en las que sería necesario contar con dos o incluso tres profesionales para responder a las distintas necesidades existentes.

Otro aspecto pendiente es el de las instalaciones educativas. Desde mayo hasta septiembre se registran temperaturas que no son normales. No es razonable tener 25 alumnos en un aula a 37 o 39 grados. No estamos pidiendo que se climatice todo el sistema educativo de golpe, pero sí que se ponga en marcha un plan progresivo, empezando por las zonas más afectadas. La climatización de las aulas, tanto para el verano como para el invierno, es una cuestión que ya no puede seguir aplazándose.

¿Es sencillo llegar a acuerdos entre sindicato y la Xunta?

Cada vez es más complicado, porque falta seriedad en las negociaciones. Muchas veces se negocia un acuerdo, se cierra y, poco después, ya se está incumpliendo. Nosotros tenemos un acuerdo firmado con esta Consellería e incluso tuvimos que acudir a la Justicia por dos compromisos que, según nuestra interpretación, se incumplieron prácticamente al día siguiente de su firma.

No rompemos ese acuerdo porque incluía medidas positivas, pero este tipo de situaciones difícilmente habrían ocurrido hace veinte años. Es una de las cuestiones que más me desencanta de esta última etapa en el sindicalismo. Tengo la sensación de que cada vez hay menos personas centradas en defender la enseñanza pública y más preocupación por los intereses políticos y personales.

En Galicia existe además una circunstancia añadida: la mayoría absoluta del partido que gobierna le da una capacidad de actuación que probablemente no tendría en otras condiciones. Eso deja a las organizaciones sindicales ante una disyuntiva complicada: no firmar nada o asumir el riesgo de llegar a acuerdos que después pueden no cumplirse.

También percibo una diferencia importante en la preparación de las personas que participan en las negociaciones. Las personas que negociaban con la representación sindical hace quince o veinte años tenían, en mi opinión, una formación y una experiencia que no siempre se encuentran en los equipos actuales.

¿Qué opina del sistema de oposiciones?

El actual sistema de oposiciones es un desastre. Llevamos mucho tiempo reclamando al Ministerio que lo cambie porque, a nuestro juicio, es un modelo injusto y desfasado. No parece razonable que una persona estudie 60 de los 75 temas del temario y no le toque ninguno de los que preparó, mientras otra puede haber estudiado un número muy reducido de temas y, por casualidad, obtener un buen resultado porque coincide con lo que sale en el examen.

Además, hay especialidades en las que los contenidos evolucionan muy rápidamente. En materias como Informática, por ejemplo, existen temarios que arrastran contenidos de hace veinte años y que poco tienen que ver con la realidad actual. Los temarios deberían estar permanentemente actualizados y existir una referencia oficial clara y homogénea.

Pero el problema no es solo el sistema de exámenes. También hay que revisar la forma en la que se evalúa la aptitud para ejercer la docencia. Hay personas con una gran preparación académica que no están capacitadas para dar clase y otras que podrían ser docentes excepcionales y, sin embargo, quedan fuera del sistema. Por eso considero que deberían incorporarse otro tipo de pruebas que permitiesen evaluar cuestiones como la capacidad de comunicación, la relación con el alumnado o la habilidad para transmitir conocimientos.

Un buen docente no se define únicamente por lo que sabe, sino también por su capacidad para llegar a los niños. También creo que sería conveniente establecer evaluaciones psicológicas para las personas que acceden al sistema educativo, del mismo modo que ocurre en otros ámbitos profesionales. Trabajamos con niños y adolescentes y no nos podemos permitir que personas sin la preparación emocional o psicológica adecuada asuman responsabilidades tan importantes dentro de las aulas.

El sistema educativo necesita profesionales capacitados, preparados para afrontar los retos actuales y para acompañar al alumnado en su desarrollo personal y académico.

Por otra parte, considero que existe un problema de fondo que afecta a toda la educación: cada cambio de Gobierno suele traer consigo una nueva ley educativa. Eso genera una enorme inestabilidad. Lo que hace falta es un gran pacto por la educación en el que los principales partidos políticos acuerden unas bases comunes que permitan mantener una misma ley durante diez o doce años, garantizando así estabilidad y continuidad al sistema.

A pesar de todo, ¿se queda con lo bueno?

En el ámbito del sindicalismo son muchas horas de negociación, de confrontación con la Administración y de intentar llegar a acuerdos. En nuestra organización somos todos profesores de la enseñanza pública y, por tanto, defendemos una enseñanza pública de calidad.

Hay cuestiones de las que estamos especialmente orgullosos. Una de ellas fue conseguir que todo el profesorado de Galicia, alrededor de 32.000 docentes, cobrase la paga extra correspondiente al año 2012. Fue un logro alcanzado exclusivamente por nuestra organización.

También impulsamos el reconocimiento del derecho a que los familiares puedan disfrutar del día de matrimonio cuando la celebración se produce en jornada laboral.

Otro episodio que me marcó especialmente fue el relacionado con la dana en Valencia. Pusimos en marcha una campaña solidaria para recoger material destinado a los niños y niñas afectados. Movilizamos las cinco sedes que tenemos en Galicia y organizamos una recogida de material educativo por todo el país. Fue necesario desplazar furgonetas por numerosas localidades para reunir las donaciones y, finalmente, conseguimos enviar un tráiler completo de material escolar para Valencia.

Fue un trabajo muy intenso, pero también enormemente gratificante. Por eso digo que, más allá de las negociaciones, la vida sindical resultó muy enriquecedora. Te permite conocer a profesores de toda Galicia, crear muchas amistades y vivir experiencias que dejan una profunda satisfacción personal y profesional.

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